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Buquenques: detrás de la carrera

VILLA CLARA, Cuba. — Debajo de una de las palmeras frente a la Terminal de Ómnibus de La Habana, Yasmany mantiene una conversación acalorada con uno de los taxistas. Se le escucha decir groserías mientras aprieta los puños contra los hombros del botero, mucho mayor que él, que maneja un Lada de cristales oscuros con servicio de aire acondicionado. Minutos antes, el “buquenque” de 24 años se había abalanzado sobre una pareja de turistas que desembarcaron en las inmediaciones en busca de transporte para Cienfuegos. Se le vio correr hasta ellos y agitarles con brusquedad las maletas mientras los convidaba a seguirlo en un idioma incoherente.

Desde el asiento trasero del taxi, el hombre y la mujer —italianos ambos— prestan atención a la charla con cierto interés, como si se tratara de un hecho folclórico, una costumbre cotidiana de los cubanos, para ellos tan apasionados y vehementes en sus conversaciones. Para calmar los ánimos del joven y “echar su carrera” de la tarde, el botero termina por entregarle un billete de 1 000 pesos a lo que él le contesta con un “te espero aquí mismo, oíste”.

Hace poco menos de una semana que Yasmany debió pagar una multa por desorden público. Fue el causante de una pelea en el mismo lugar con otro de los buquenques que aseguraba haber gestionado él cuatro pasajeros a Santiago de Cuba. “Si hubiera sido para otro lugar, sin lío, doy marcha atrás, pero si es para Oriente me tocan por lo menos tres mil cañas”.

“Yo soy así, medio complicado”, se justifica mientras seca el sudor de su frente y toma asiento en una de los bloques dispuestos como asientos en el parque de la terminal. “Lo que pasa es que estos boteros te quieren meter el pie. Estos eran yumas que iban a pagar en euros, ¿entiendes?, porque estaban acabaditos de llegar. Eso se huele. Yo soy perro viejo en esto”.

Buquenque, Buquenques
Extranjeros en busca de un taxi frente a Terminal de Ómnibus de La Habana (Foto de la autora)

Yasmany es un muchacho de piel negra. Su aspecto se asemeja a la imagen de los cubanos pobres que la mayoría de las películas han intentado trasmitir.  Puede que sea el cliché de los buquenques: usa un “desmangado” con una bandera norteamericana, shorts, sandalias sin correa y una riñonera bien ceñida a la cintura donde guarda todas sus ganancias del día. “Nada, yo no estudié nada”, dice. “Pero tengo dos chamas con distintas madres que tengo que mantener. Tú me ves así, con esta facha, pero hago mi dinero pa´ romper La Habana”.

En la misma zona hay más de quince buquenques autorizados o no, legales o no. Eso sí, cualquiera no resulta bienvenido en las piqueras, para ser aceptado a menudo se debe pagar un impuesto. Ninguno de ellos se presenta con la terminología estatal de “gestores de pasajes”; simplemente son y serán “buquenques”, el vocablo popular que los reconoció cuando aún el gobierno no toleraba esta actividad por cuenta propia. Los que abundan en la zona en cuestión no suelen sobrepasar los 30 años y entre sus principales aspiraciones está “hacer bastante dinero para emigrar”.

El terror de los choferes

En la piquera de la terminal de Cienfuegos a Rubén lo conocen como “El Toqui” porque se parece en su constitución minúscula al popular títere que transmitía la televisión cubana en los años ochenta. Sin embargo, a “El Toqui” también lo relacionan por sus reiteradas disputas con los buquenques de la zona con los que se ha ido a puñetazos en varias ocasiones.

“Son unos sinvergüenzas todos”, espeta mientras engulle una pizza comprada en un paladar cercano. “Las broncas entre los boteros y ellos son bastante comunes porque cuando no tienes el dinero arriba te esperan a la hora que llegues para cobrarte. Hace poco se formó tremendo ferretreque con unas turistas jovencitas que iban para Rancho Luna. El buquenque las halaba y las halaba por los brazos y ellas terminaron dándoles un carterazo en la cabeza. ¡Qué clase de imagen se lleva esa gente de Cuba!”.

En la mayoría de las piqueras del centro del país, en caso de que los pasajeros sean de otra nacionalidad, los buquenques exigen a los choferes el pago en divisa o, en su defecto, el equivalente en moneda nacional. Es así que, por ejemplo, un viaje hacia Los Cayos de Villa Clara, que puede llegar a costar desde 50 a 60 dólares o euros, los boteros deben abonarles una comisión de veinte USD, 25 MLC o 2 500 pesos. Lo cierto es que resulta este un trabajo bastante bien remunerado, mientras que, a la vista de la policía, muchos buquenques extorsionan a los turistas y chantajean a los choferes.

En la terminal de Santa Clara, Armando, otro chofer que se mueve hacia las provincias, explica que los buquenques entorpecen y encarecen su trabajo. Ocurre que el taxista casi siempre debe subordinarse a estos gestores de pasaje, lo cual puede “espantarles” la clientela en el momento que discuten la comisión.

Buquenque, Buquenques
Parqueo frente a la Terminal de Ómnibus de La Habana (Foto de la autora)

“Ellos no le cobran al taxista, más bien se lo exigen”, explica. “Cada viaje tiene su precio, en dependencia de la distancia y el combustible que se gaste, el buquenque lo que hace es alterar ese precio. Si quiero ir por 1 000 pesos a un lado vienen y te dicen que 1 500. Algunos son más descarados y te traen la carrera a la mitad: fifty fifty, sin comprar la gasolina ni meterse un viaje de cuatro horas”.

El botero también afirma que cualquier buquenque hace más dinero libre que un chofer, aunque considera que existen intermediarios mucho más inescrupulosos que estos mismos gestores: “Yo entiendo que la gente se busque la vida. Si le quieres tumbar dinero a los yumas, pues, total, todo el mundo necesita comer. El problema no son los buquenques. Mi abuela siempre decía que la necesidad envilece al hombre”.

Buquenque, Buquenques
Estación de Ómnibus de Santa Clara (Foto de la autora)

Asiel es otro buquenque de Santa Clara que ni viste ni se comporta como Yasmany. Es graduado de Técnico Medio, pero hace años que se dedica a gestionar pasaje en las cercanías de la tienda Riviera, al frente de la terminal. Cuando subieron los salarios, él también incrementó su comisión porque está preparado, además, para negociar en inglés, italiano y “un poquito de francés”, aunque solo conozca las frases básicas para ejercer su trabajo.

“Yo me dirijo a los extranjeros con cariño, con afecto”, afirma. “Aquí la gente se manda a correr y los turistas se asustan: les repiten ¡taxi!, ¡taxi!, y a ellos no les gusta eso, los aturde. Mis preferidas son las argentinas, porque les pueden vender un tour completo: les hablo del Che, del Tren Blindado, de todo lo que pueden ver en Santa Clara. Va y algún día una se enamora de mí y ya tú sabes”.

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