El medio siglo de ‘Cien años de soledad’ Cubanet

Ejemplar de ‘Cien años de soledad’, edición conmemorativa de la Real Academia de la Lengua Española (EFE)

LA HABANA, Cuba.- El pasado mes arribó al medio siglo Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez, la más grande novela que se haya escrito en Hispanoamérica luego del Quijote.

Cien años de soledad, que había sido rechazada por la famosa editorial barcelonesa Seix Barral por considerar que era una novela que no tenía posibilidades de éxito, fue publicada en Argentina, a finales de mayo de 1967, con una tirada inicial de 8 000 ejemplares, por la Editorial Sudamericana.

Francisco Porrúa, el director de la editorial, ha explicado: “No se trataba de llegar al final para saber si la novela se podía publicar. La publicación ya estaba decidida con la primera línea, con el primer párrafo. Simplemente comprendí lo que cualquier editor sensato hubiera comprendido, que se trataba de una obra excepcional”.

Porrúa acertó. Ese deslumbrante primer párrafo al que se refiere y que decidió la suerte de la novela, somos muchos los que jamás hemos podido olvidarlo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Solo es capaz de competir en nuestra memoria con el final del libro: “…las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

En Latinoamérica, luego de Cien años de soledad, se esfumó el límite entre realidad y fantasía. Eso, si es que alguna vez, entre tanta superchería y confusión de estirpes malditas, existió ese límite.

Luego de la ascensión al cielo de Remedios la Bella, de los hechos del coronel Aureliano Buendía, de la lluvia interminable sobre Macondo y del paso del tren rumbo a las aguas del Caribe con los cadáveres de los miles de huelguistas de las bananeras masacrados, Gabriel García Márquez curó al mundo del mal de los asombros respecto a la América Latina.

Cien años de soledad definitivamente convirtió la fabulación y la hipérbole en nuestra cotidianidad. Las historias del Gabo, por insólitas que fuesen, o precisamente por eso, nos resultaron más aceptables y estimulantes que la historia oficial y las versiones contadas de acuerdo a su conveniencia por caudillos, politicastros e idiotas quijotescos que cabalgan siempre hacia la izquierda en un continente donde la derecha parece no lograr tener nunca la razón, ni aun cuando la tiene.

Hubiese sido demasiado exigirle a García Márquez que se librase de los demasiados demonios con los que cargamos los habitantes de estas tierras. El escritor, como las mariposas ante la luz eléctrica, no pudo resistirse a la fascinación fatal por los caudillos y sucumbió al embrujo de Fidel Castro. Pero luego de una novela —¿o prodigio?— como Cien años de soledad, ¿qué falta no íbamos a disculparle al Gabo? ¡Hasta su amistad con el Comandante, que de tan delirante y terrible, parecía un personaje suyo!

García Márquez nos hipnotizaba con su técnica narrativa para que no pudiésemos soltar sus libros antes de la última página. No se cansaba de repetir que nada había inventado, sino que se había limitado a observar atentamente la realidad y contarla luego a su modo. A ese modo de contar le debemos el descubrimiento de las cosas que nos rodeaban y en las cuales hasta entonces no reparábamos.

García Márquez es mi autor preferido. Después vienen los demás (Faulkner, Kundera, Vargas Llosa, Cabrera Infante, etc.) Cien años de soledad es mi libro de cabecera desde la primera de las innumerables veces que lo leí, en un ejemplar de la Colección Huracán, impreso en marzo de 1969 y que, muy ajado, todavía conservo.

Para dicha de los lectores, ya se probó la imposibilidad de convertir en película Cien años de soledad. Así, ningún director de cine podrá robarnos las fisonomías, los colores y los olores que imaginamos cuando leemos el libro.

La ascensión al cielo de Remedios La Bella, rodeada de mariposas amarillas, será siempre exactamente como imaginamos presenciarla; la voz del gitano Melquiades invariablemente tendrá la entonación de cuando nos advertía que “las cosas tienen vida propia, sólo es cuestión de despertarles el ánima”; y en Macondo la lluvia siempre será del modo en que la vio caer Isabel, y nosotros con ella: torrencial y amenazando con ser eterna, como el infortunio en Latinoamérica.

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