Había una vez un ruso, un americano y un cubano… Cubanet

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Fotograma del film ‘Sergio y Serguéi’ (YouTube)

LA HABANA, Cuba.- Quizás, cuando Serguei Krikaliov supo que la Unión Soviética se deshacía y no había cómo regresarlo pronto, recordó a la perra Laika, abandonada en el Sputnik 2 que la convirtió en el primer ser vivo —y muerto— en la órbita terrestre. A Krikaliov lo llamaron “el último ciudadano soviético”, porque despegó de la URSS, pasó 311 días en la Mir y aterrizó en Rusia.

Esa demora del cosmonauta se unió, en la mente del cineasta Ernesto Daranas, con el hecho de que varios radioaficionados cubanos habían logrado establecer comunicación con esa Estación Espacial, y así surgió la idea esencial para Sergio y Serguéi, coproducción de Cuba, España y Estados Unidos, que narra esa insólita amistad.

Aunque de cierto modo juega con el clásico cuento popular cubano del americano, el ruso y el cubano, esta tercera película de Daranas (Los dioses rotos y Conducta) es descrita por él mismo como “básicamente una comedia, una historia que habla de la amistad y de la autoestima mucho más que de la política o de la historia”.

La autoestima, insiste el director y guionista del filme, resulta lo fundamental en sus tres largometrajes: “Nuestra vida cotidiana, nuestra lucha por la subsistencia, la manera en que nos relacionamos, el conjunto de esos factores a veces termina dañando algo esencial que es el autorreconocimiento de quiénes somos”.

En esto el artista nos hace recordar a otro gran cineasta del país, Fernando Pérez, que también lidia en su obra —en ocasiones con insistencia que cansa el dibujo argumental— contra nuestros “horrores del mundo moral” ocultos tras la supuesta “belleza del físico mundo” que se muestra a los turistas.

Ese “físico mundo” se afea de prisa para Sergio, radioaficionado y profesor de marxismo que estudió en Moscú y que ahora, atrapado en la órbita abismal del Período Especial, hace contacto con Serguéi, cosmonauta abandonado en la Mir que asiste desde lo alto al derrumbe de la URSS y del socialismo.

Sergio ya se comunicaba con Peter, un radioaficionado norteamericano que escribía sobre aeronáutica y que había sido amigo de su padre. Tal relación es estrechamente vigilada por la Seguridad del Estado, pero el triángulo Sergio-Peter-Serguéi devendrá obsesión para Ramiro, encargado del monitoreo.

Tomás Cao, Héctor Noas y Ron Perlman son los actores que dan vida a ese trío increíble. Los dos cubanos dicen muchos parlamentos en ruso y en inglés, pero Noas, además de sonar en la lengua de los “bolos”, tendrá que flotar casi todo el filme en el interior ingrávido de la Mir. A estas dificultades hay que sumar que los tres nunca actuaron juntos en el set.

Dos curiosidades rodearon el filme. Una fue que el rodaje de las escenas en La Habana Vieja coincidió con el de Rápido y furioso, la trepidante saga hollywoodense, y el helicóptero que hacía tomas aéreas estuvo sobrevolando el set cubano durante días, haciendo imposible grabar el sonido directo.

Lo otro fue el comentario de un forista en un sitio web que informó sobre la producción: “Mi nombre es Sergio. Soy cubano, estudié en la URSS, soy radioaficionado y estuve comunicando regularmente con Musa Manarov y Serguei Krikaliov durante sus misiones en la Mir. Me resulta «curioso» leer en internet sobre una película cubana basada en eventos de los que yo fui protagonista”.

Cuando a Daranas le preguntaron en una entrevista por qué volvía a los años 90 respondió que “entre otras razones, porque se mantienen vigentes y porque nunca logramos salir realmente de una crisis que ha terminado por ser mucho más que económica”. Pero no se detienen ahí en sus razones.

“Aquella circunstancia histórica que dio inicio al Período Especial ha sido la mejor oportunidad que hemos tenido para entender que el único capital sostenible al que puede aspirar el socialismo cubano es la libre iniciativa de su pueblo. Un pueblo que, por entonces, se preciaba de ser uno de los más preparados del mundo. Pero esa iniciativa y esa capacidad han sido limitadas por restricciones que apenas comienzan a levantarse muy lentamente”.

Para el director, su protagonista encarna a quienes creyeron “que nuestro socialismo preservaría sus logros y aprendería de sus errores”. Eso no ocurrió, “pero la realidad es testaruda y ahora vuelve a colocarnos frente a una encrucijada que, en algunos aspectos, nos remite a esos duros 90”.

O sea, Daranas no da un paseo casual por aquel barranco: “Más que referirme a lo que pasó, me interesaba el diálogo con el presente, con lo que estamos viviendo, porque muchos de los problemas que tenemos ahora nacieron o se gestaron en ese momento”.

Considerada la primera colaboración fílmica entre EEUU y Cuba en 56 años, tal vez solo el tono farsesco podía salvar una producción con tan grave contexto. Ese poco de costumbrismo revolucionario mezclado con otro poco de space opera, esa amalgama capaz de hundirse en el lugar común y de remontarse a una visualidad asombrosa, pasando por el humor político (“Prepárate para cantar la Internacional cuando te suenen las tripas”).

Negado a tratar en serio a las alimañas —como el chivato Ramiro— que no considera a la altura de sus héroes, el artista explota su ridiculez “para referirme a lo que tanto daño nos ha hecho”. Ramiro, tan bien asumido por Mario Guerra, se remontará hasta la misma órbita de muerte y abandono en que pereció la pobre perra Laika.

Si bien el cosmonauta Serguéi de la realidad no se asustó con su “período espacial” y siguió subiendo al cielo en cohetes, al punto de imponer récord total de 800 días en el espacio, el Sergio de la ficción fílmica sobrevivió al interminable Período Especial quién sabe cómo. Al final, la voz de su hija, que narra la historia 25 años después, nos dice que los tres amigos se reunirán por vez primera. Y termina el filme.

Aunque no obtuvo ningún gran premio en el Festival de Cine, Sergio y Serguéi fue una de las películas más perseguidas por los cinéfilos y, al terminar, una de las más aplaudidas por el público, lo que debe servir de galardón para tan duro trabajo.