Inicio Cuba Ola represiva en Cuba: la revolución y sus cómplices

Ola represiva en Cuba: la revolución y sus cómplices

LA HABANA, Cuba. – Para un pacifista como yo lo mismo es repudiable y merece castigo un represor policial  tonfa en mano golpeando a  manifestantes pacíficos en medio de las calles, que un civil  haciendo caer una macana sobra la cabeza de otro que  piensa de manera distinta. La verdad es que ambas acciones se complementan, violan los  Derechos Humanos y son criminales.

Pero que un patético y servil periodista como Pedro de La Hoz anunciara la llegada de “la hora del machete” desde un set de la televisión cubana –sólo dos horas después que Díaz-Canel diera la imperdonable y asesina orden de combate– no es menos peligroso y condenable que una patrulla de represores apuntando sus armas de fuego contra una multitud indefensa.

De ahí que si bien me causaron  dolor e indignación las escenas de odio y de violencia perpetradas por militares y “seguidores” del régimen contra manifestantes pacíficos que desbordaron las calles de la Isla el pasado 11 de julio, me repugna ver y oír a los esbirros letrados que cada día mienten, manipulan, descalifican y criminalizan a los manifestantes para crear  una matriz de opinión que confunda y atemorice al pueblo.

La nueva camada de amanuenses con títulos de periodistas o abogados que sirven a la revolución cubana son cómplices y a veces parte del aparato represor gubernamental contra la ciudadanía. Las retorcidas intervenciones del execrable Humberto López, quien con sus mentiras, hechos manipulados y falsas acusaciones se ha convertido en el más vil representante del periodismo cubano, son el patrón a seguir por el resto de las alimañas.

¿O algún cubano que se respete no le ha hervido la sangre al  ver la gestualidad de mimo en cámara lenta con que Abdiel Bermúdez ha querido engañarlos? ¿ No ha sentido el deseo de darle un bofetón por perro servil al oírlo repetir  hasta el cansancio –con voz de loro amaestrado– que no hubo un estallido espontáneo, sino una subversión inducida desde los Estados Unidos, y que lo manifestantes eran delincuentes, vándalos y lacayos del imperio?

¿No inventó Abdiel Bermúdez el “Programa de Acción” de un grupo contrarrevolucionario que saldría a las calles el pasado día cuatro a linchar a los revolucionarios, dar palos, cegar con arena y aceite y sacar ojos –con método japonés incluido–, según un manual que leyó en pantalla aunque no presentó ningún rostro ni nombre de los implicados? ¿ O es que sólo cumplía las órdenes de la Seguridad del Estado para aterrorizar a la población cubana?

En los últimos días, mientras continúan la búsqueda de cientos de manifestantes desaparecidos, los juicios sumarios, las condenas, las multas, las excarcelaciones y la militarización de las calles, jóvenes periodistas como Lázaro Manuel Alonso, Alien Fernández o Jennifer Zubizarreta no abordan ninguna de estas realidades e invierten tiempo y funciones de su profesión haciendo reportajes manipulados sobre la tranquilidad de las calles luego del pasado 11J.

Los más curtidos por el tiempo y las mañas que da la sumisión incondicional al poder –como los casos de Talía González y Froilán Arencibia– son enviados a “desmontar” en pantalla cuanto video subido a la red por la población muestre la vesania del régimen y sus seguidores contra los manifestantes pacíficos que desbordaron la Isla el 11J. Arencibia, en un espacio que le abrieron para denunciar las supuestas noticias y videos falsos, ha hecho malabares por calificar de fake news cuanta palabra o imagen demuestre el excesivo uso de la fuerzas represivas del régimen contra los manifestantes pacíficos.

En una pose a lo Humberto López, el hasta hoy anodino periodista comienza a ganarse el odio de la teleaudiencia. ¿No se darán cuenta que están comprometiéndole su futuro?

Prestarse para ocultar los actos punibles del régimen, manipular la realidad de los hechos, incentivar el pánico en la población a través de falsos testimonios mostrados en la televisión y otras artimañas que realizan estos periodistas –ya sea por convicción o por miedo a ser expulsados de los medios– viola la ética profesional y los hace cómplices. Son, decididamente, hechos que merecen castigo.

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