Si Rajoy no asume el mensaje de la España de las banderas, se lo llevará la corriente

NO voy a manifestaciones, no me gustan. Cuanto más masivas son, menos me convencen. El número por sí solo no indica nada más que la cantidad; nada dice de la calidad de la causa.

Éstas, las causas, pueden ser distintas y hasta opuestas. Por ejemplo, las de las manifestaciones en Barcelona del 11 de septiembre y del 8 de octubre no podían ser más distintas ni más opuestas.

En ambas, sin embargo, los organizadores sostuvieron que el pueblo, el verdadero pueblo catalán, había hablado con claridad. Pero no. En las manifestaciones no habla pueblo alguno. Hablan sólo los organizadores o aquellos que los organizadores dejan que hablen.

Este modelo de expresión política, el de una masa fusional y semoviente, unánime y anónima, detrás de una cabecera que le pone unos cuantos rostros es el que según Hannah Arendt ha caracterizado las revoluciones europeas modernas.

Muchedumbres descontentas e indiferenciadas con una dirección de revolucionarios profesionales que buscan imponer políticas totalitarias. No quiero decir que toda manifestación persiga fines totalitarios, pero el modelo de las manifestaciones políticas es el mismo que el de los movimientos revolucionarios, en los que unos dirigentes dotados de voz interpretan o pretenden interpretar lo que las masas mudas (o afónicas de tanto gritar) desean realmente.

Los intérpretes no necesitan estar presentes en la propia manifestación. Basta que posean los medios suficientes para imponer su interpretación. El asunto no es siquiera de interpretación, sino de poder.

El presunto intérprete impone como sentido de la muda o fragorosa demanda de la masa lo que ya tiene decidido imponer de antemano. En eso consiste la democracia social, que privilegia la bronca callejera, y cuya expresión extrema es el totalitarismo de derecha o de izquierda. Tan demócratas «sociales» eran los bolcheviques como los fascistas.

Pues bien, en el fondo de toda manifestación moderna, de toda movilización de masas, está siempre la democracia social, es decir, el deseo de imponer una opción política o de acallar la contraria por la pura fuerza del número. Como el número no habla, lo hacen en su nombre unos pocos, «los intérpretes autorizados del sentir de la mayoría».

Es decir, los que detentan el poder y la voz. Vox populi vox Dei, rezaba el adagio, pero como ni el pueblo ni Dios se dejan ver ni oír hablan sus representantes o los que son tenidos por tales.

En el verano de 1997 tuvieron lugar enormes movilizaciones de masas, primero en el país vasco y después en toda España, como respuesta al secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco, el joven concejal del PP en Ermua, por los pistoleros de ETA. Los que se manifestaron esos días compartían un sentimiento de repulsa hacia los asesinos y sus cómplices.

Muchos de los manifestantes (yo mismo entre ellos) exigíamos el aislamiento político de HB y su expulsión de las instituciones. Dos semanas después el PNV, alegando que la exigencia mayoritaria de las manifestaciones había sido la paz, volvía a acercarse a la izquierda abertzale, ante la inhibición socialista. El año siguiente, firmaría un pacto secreto con ETA. Así suele terminar estas historias, y por eso no voy a manifestaciones.

Nunca he tenido la menor esperanza de que el golpismo secesionista catalán del Govern fuera yugulado por el Gobierno. No por éste, desde luego, y probablemente por ningún otro.

Tendremos procés para rato. O sea, para lo poco que duremos. La nación española, que empezaba a salir del coma tras el valiente discurso del Rey, volverá a sumirse en el sopor preagónico, y de nada servirá recordar que esto fue España, don Sopas Traidor.

Tremenda bronca a Pablo Iglesias en la estación barcelonesa del AVE

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