Fuera de San Juan, la imagen de las secuelas de María sigue siendo incompleta

Pasar un día en carreteras impredecibles, lejos de San Juan, con los daños interminables que el huracán María infligió a Puerto Rico, es una experiencia aplastante.

María ahogó un pueblo tras otro al este de la capital, arrojando tanta agua que la gente humilde que ya había perdido el techo por los vientos de la tormenta de categoría 4, vio ahora sus pertenencias arrastradas por el agua implacable.

Para colmo, el viernes se abrió una grieta en la presa Guajataca, obligando a evacuar de urgencia a unas 70,000 personas de las localidades de Isabela y Quebradillas, al oeste del sitio por donde salió al mar el miércoles el ojo del huracán.

“Es hora de sacar a la gente”, dijo el gobernador Ricardo Rosselló, citando el peligroso daño estructural.

Aún así, la imagen de las secuelas de María sigue siendo incompleta: muchos remotos rincones de la Isla –y zonas más cercanas– permanecen inaccesibles debido a las carreteras sumergidas y el inexistente servicio de telefonía móvil. A la vez, San Juan, siempre un refugio de relativo privilegio, volvía a la vida.

Pocos hechos y cifras llegan hasta los residentes aislados en pequeños pueblos afectados, cuyas vidas está alimentadas por rumores.

“¿No viene otro huracán?” –preguntó Ana de Jesús, que atiende un quiosco en la playa de Piñones, a unos 20 kilómetros al este de San Juan, pero tan desolada desde la tormenta que se siente mucho más alejada.

Era la segunda persona que hacía la misma pregunta a un reportero, confundida por Katia y Lee, las tormentas que se formaban antes de María y que no representaban una amenaza para Puerto Rico.

En una media hora tres personas le preguntaron a un solo reportero si trabajaba para la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias. Parecían alicaídos al enterarse de que no, pero no estaban sorprendidos.

“Pienso que no vamos a recuperar la electricidad en un año”, dijo Marangely Santos, de 46 años, de Canóvanas, donde el río creció por las calles, aunque las aguas ya habían retrocedido el viernes.

La única señal de esperanza: el rumor de los helicópteros –¿la prensa? ¿los militares?– que periódicamente volaban sobre sus cabezas.

“No tenemos nada, nada, nada. No hay nada”, dijo Alana Pizarro, de 35 años, metida hasta los tobillos en el agua fangosa en Loíza, un pueblo costero con las calles inundadas hasta donde alcanza la vista. Llegar al mar parecía imposible.

Coches y gente iban y venían, y Pizarro se quedó mirando el horizonte.

“Distraer la mente”, dijo. “No es fácil perderlo todo”.

Salvó la vida porque se había trasladado a unas pocas puertas hacia la casa de cemento de su abuela. Pero ¿y lo demás? Ido. “Mi refrigerador está allí”, dijo, señalando con su barbilla a un punto al otro lado de la calle.

“Quince bragas, siete pantalones, cuatro camisas”, dijo su vecina, Lizmary Bultrón, de 39 años. “Eso es lo que me queda para vestirme”.

Las inundaciones eran bajas como para hacer innecesarios los dramáticos salvamentos de emergencia dramáticos, pero lo suficientemente altos como para destruir toda propiedad en su camino.

El viernes por la mañana, los vecinos se alinearon durante más de una hora para comprar pan fresco en la única tienda de comestibles abierta. Se acabó rápidamente. Un cercano puesto de frutas vendió rápidamente lo que sobrevivió a la tormenta: plátanos, yuca, limones, malanga, ñame.

“No hay suministros, no hay comunicaciones, pedimos agua hace dos semanas, antes del huracán Irma. Nunca llegó”, dijo el dueño Amaury de Jesús, agregando que pudo regresar al negocio luego de comprar 55 galones de gasolina el jueves para alimentar su generador . “No hay bancos abiertos, no podemos aceptar el crédito. Es un riesgo, pero la gente ha sido buena”.

Desesperada por ayuda, una familia invitó a los reporteros a dos de sus casas: una donde el techo de zinc voló, exponiendo todo a la intemperie y dejando una cama de madera como si hubiera implosionado; y otra de dos pisos, que ahora alberga tres generaciones –Rivera, Lozada y de Jesús– que quedaron desposeídas. Lo único que quedaba en pie de un cobertizo de zinc adyacente era una tubería.

“Oportunidad de inversión”, se leía en un letrero que sobrevivió.

Al lado, Sandra Matos y su familia pasaban el tiempo en la terraza, e insistieron en ofrecerles a los periodistas botellas de agua fría de su limitada reserva. Ella rechazó sus intentos de decir no.

–Por su supervivencia -dijo-.

A solo 25 kilómetros de distancia, San Juan parecía un mundo diferente.

Las brigadas de podadores de árboles se movían en transporte por la ciudad. Los soldados dirigían el tráfico a lo largo de una carretera cerrada. vecinos con hambre repletaron una pizzería Isla Verde.

En Miramar el viernes por la tarde dos colas se extendían varias cuadras desde la solitaria estación de gasolina que funcionaba, una cola para automóviles y otra de peatones transportando tanques de combustible portátiles. Algunos llevaban allí cuatro horas, sabiendo que la estación tenía combustible y planeaban arreglar el fallo eléctrico que había impedido que las bombas funcionaran.

“Estoy aquí porque los federales están aquí”, dijo Nadja Campos, señalando a agentes de Inmigración y Aduanas organizando las líneas y distribuyendo agua.

“Como dice la canción: ‘Des-paaa-cito’ ”.

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