“Lo único que tengo de ella son puros huesos pelones”

A Julieta González, de 54 años, le quitaron a su hija hace cuatro años y le devolvieron unos restos que a simple vista podrían ser de cualquiera. Sobre la mesa de la morgue sólo había pedazos reordenados de lo que un día fue Jennifer Robles. “Una pata, una mano, un cráneo sin pelo ni dientes. Lo único que tengo de ella son puros huesos pelones”, cuenta. Y no fue la única.

Todo ocurrió el 26 de mayo de 2013. Un domingo por la mañana 13 jóvenes (con edades entre los 16 y los 34 años), la mayoría de un barrio conflictivo de la capital, Tepito, fueron secuestrados a plena luz del día en un afterhours del centro, a 50 metros del Paseo de la Reforma, eje financiero y urbano de la Ciudad de México. El bar se llamaba Heavens. El asunto trascendió cuatro días después en los medios y las alertas estallaron. Lo que parecía que no podía suceder en la capital, el secuestro y asesinato masivo de unos jóvenes con las técnicas más brutales, había llegado al corazón de México, un rincón que se suponía libre de la locura de la narcoviolencia. Y de su impunidad.

Cuatro años después de lo sucedido, las familias todavía no saben por qué los mataron. Como ha ocurrido con otros casos en México —con los 43 de Ayotzinapa, por ejemplo—, hay más incógnitas que respuestas: los chicos desaparecen, se les comienza a relacionar con el crimen organizado o con alguna actividad delictiva, nadie sabe si están vivos o muertos, encuentran una fosa, los familiares piden ayuda a unos forenses argentinos porque no se fían de las autoridades, les entregan los restos de sus hijos, los entierran. Y ahí se suele acabar la historia. Quién lo hizo y el porqué casi nunca se terminan por resolver.

Las madres de los jóvenes del caso Heavens se han vuelto a unir este viernes para exigir los motivos por los que sus hijos desaparecieron esa noche. Y armadas con dos lonas y una decena de cartulinas de colores, han cortado uno de los ejes principales de la capital sin previo aviso a la Policía. Pero ningún agente les cierra el paso, son las madres del Heavens y esto es Tepito. “Somos pocas, pero ellos saben que si salen con alguna mamada, ya vienen todos y les armamos una fiestotota“, advierte María Teresa Ramos, una señora menuda con el pelo corto, del barrio de toda la vida, que a sus 70 años en cada esquina la saludan como Chapis. Es la abuela de la víctima más joven, Jerzy Ortiz Ponce, de 16 años el día que lo mataron.

—Ya verás, mami, como haciendo esto viene alguien del Gobierno a hablar con nosotras.

Y unas horas después, tres responsables del área de Comunicación de la Fiscalía estaban concertando una cita con la secretaria de Gobierno de la Ciudad de México, Patricia Mercado, para este lunes. “Tendrá que ser algo pequeño, con cuatro personas”, comentó el funcionario. “De eso nada, tenemos que ir todas”, le espetó Leticia Ponce, madre de Jerzy y líder del grupo de madres.

“Justicia y verdad”, gritaban ellas en su recorrido. Eugenia Ponce, hermana de Leticia y tía de Jerzy era más precisa: “1.460 días llevamos sin una respuesta”. “Les vale madres porque somos de Tepito”, sospechaba María Victoria Barranco, madre de Alan Omar Atiencia.

El caso Heavens supuso un golpe al hígado para la Fiscalía local y el alcalde Miguel Ángel Mancera. Desde el principio repetían que no había sido un caso relacionado con el crimen organizado —como ocurre en las zonas más peligrosas de México— sino un conflicto entre “narcomenudistas”. Una tesis que chocaba con la capacidad operativa que debieron tener para llevarse por la fuerza a 13 personas en una de las áreas más visitadas de la capital, plagada de cámaras y policías. Tampoco cuadraba con su hipótesis la manera en la que habían sido asesinados: tortura, desmembramiento, entierro en fosa común.

Hasta el momento hay siete hombres sentenciados por secuestrar y asesinar a los jóvenes. Un juez concluyó que el motivo de la matanza fue un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes del barrio de Tepito, que controlan las colonias de La Condesa, Roma y Zona Rosa. Algo que los familiares niegan rotundamente.

La señora Barranco deja que sus ojos se desborden de lágrimas y confiesa muy seria: “Enterré lo que me trajeron de él. Pero no siento que de veras sea mi hijo, ¿tú crees? Por él no siento ese dolor que se siente cuando alguien se te muere. Y quisiera sentirlo”.

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