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No habrá una nueva Filomena en 2023, y menos mal: España sigue sin estar preparada para la nieve

«La nieve borra una realidad e instaura otra. El mundo conocido queda sepultado bajo el manto blanco y, sin dejar de ser, se vuelve invisible. De algún modo, la nieve pone a dormir una parte de nosotros y despierta otra». En esas tres frases de ‘Decir la nieve‘, un libro que Menchu Gutiérrez publicó en 2011, está contenida gran parte de la fascinación que los habitantes de las ciudades sienten por la nieve.

Y, sin embargo, cada vez que nieva en abundancia es inevitable acordarse de otra frase muy distinta: «cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad». Ahora que ha pasado la supuesta amenaza de una «Filomena 2023«, es momento de reconocer que es lo mejor que nos ha podido pasar. Porque no, no estamos preparados.

¿Qué tiene la nieve?. Si nos podemos a investigar en la cuestión, podríamos encontrar un montón de motivos por los que la fascinación por la nieve ha arraigado en muchas partes del mundo. En los países que no nieva, claro. En los países en los que es habitual encontrarse con medio metro de «esponjosa felicidad blanca» al salir de casa cada mañana, la situación es distinta.

De hecho, como hemos visto en los últimos años, esas ganas de que nieve han acabado generando un clima mediático tóxico para la meteorología pública. «Filomena» se ha convertido en un espantajo se pasea por los medios más para alimentar una vana esperanza en la nieve que para alertar sobre los posibles problemas que esta podría generar. Y eso, en cuanto lo que caen son «más de cuatro copos». es un problema en sí mismo.

¿De dónde ha salido toda esta nieve? Nevar, en realidad, siempre ha nevado, claro. El problema es que las grandes nevadas tienen periodos de recurrencia muy largos. Como Emilio Rey, director de DigitalMeteo, nos decía algunos años hablando de las lluvias torrenciales, «algunos ocurren cada 20 años, otros cada 50 ó 100 años. Pero sabemos que va a pasar de nuevo. Ha pasado siempre y seguirá pasando en el futuro porque nuestra situación en el planeta y las circunstancias de esta época del año lo permiten. No va a pasar todos los años, pero va a pasar».

Esos largos periodos de recurrencia son un problema bastante grande, de hecho. Cuando hace unas semanas recordábamos que el invierno pasado habíamos tenido temperaturas inusualmente altas (el aeropuerto de Bilbao registró 25 grados el 31 de diciembre de 2021), muchos lectores se sorprendieron precisamente porque no lo recordaban con claridad. Si eso pasa con un año vista, nos podemos imaginar lo que ocurre a 20, 50 o 100 años. «La gente tiene una memoria meteorológica muy corta», decía Rey. Y eso se traslada rápidamente a la sociedad y a las administraciones: «piensan que no va a volver a pasarles a ellos hasta que ya no hay vuelta atrás».

¿Estamos preparados para que nieve de verdad? Así que a la pregunta de si estamos preparados para una nieve abundante, la respuesta es no. Un buen ejemplo de todo esto es la Ciudad de Madrid. Sí, ante el temporal de los últimos días, el Ayuntamiento activó el «Plan Nevada»: se suspendieron los baldeos nocturnos, se esparció sal en unos 1.250 m3 de la ciudad y se ordenó vigilar los 1.427 puntos en los que, según los técnicos, “es más probable que se produzcan placas de hielo o la nieve pueda cuajar”. Es cierto que, según parece, se han aumentado los efectivos y los medios. Pero tenemos una mala noticia: una nueva Filomena colapsaría la ciudad igual que la última.

¿Por qué? La respuesta es sencilla: porque se necesitan planes a largo plazo y habitualmente son gastos (y decisiones) complicados de defender ante la opinión pública. Pero, sobre todo, se necesita un cambio de chip. Rey nos recordaba que siempre «hay una cantidad de precipitaciones a partir de la cual va a haber problemas incluso con infraestructuras bien preparadas».

Es decir, no es solo una cuestión de hardware; sino que, sobre todo, es una cuestión de software: de cómo comunicamos las alertas, de cómo diseñamos la ciudad, de cómo está de preparada la población para actuar frente a una gran nevada. Una ciudad (da igual cuál sea) solo puede adaptarse a un evento extremo dentro de los límites de ese «software» social e institucional. El asunto capital es que poner en marcha ese software y mantenerlo es más costoso de lo que nuestra memoria meteorológica nos suele permitir.

Pero ¿realmente esto es un problema? Dentro de unos pocos años, cuando Filomena sea una rareza perdida en el tiempo, todo volverá a la normalidad: es decir, a la no preparación; y cuando vuelva el caos, porque volverá, seguiremos sin ser incapaces de gestionar bien la gran nevada. La cuestión es si eso es un problema.

Lo es, claro. Lo será. Sin embargo, ya tenemos suficientes retos tratando de gestionar los cambios que está sufriendo nuestro sistema hídrico, nuestro clima y nuestra industria agroalimentaria. Esperar ser capaces de gestionar una nevada histórica quizás sea demasiado ambicioso. Eso sí, nada de esto quiere decir que debamos conformarnos. Al revés, va siendo hora de pensar a lago plazo y buscar soluciones urbanas lo suficientemente resilientes como para estar preparadas para lo que venga. Hoy más que nunca somos conscientes de que no estamos construyendo para nosotros, estamos construyendo para el futuro.

Imagen | GTRES

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