La pésima marca España, por Antonio Franco

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Después de mimarla mucho, quienes nos gobiernan están consiguiendo una rápida degradación de la marca España. Lo están logrando aplicando malas artes con tenacidad y perseverancia.

Recordemos que en la Transición la marca España consiguió buena fama. Se temía qué haría este país que el franquismo definía como poco idóneo para la democracia y las libertades. Pero a pesar de ETA, a pesar del eterno acompañamiento de un desempleo dramáticamente excesivo, a pesar de que los recelos conservadores impidieron llegar a fondo en la separación de poderes cuando se elaboró la Constitución, y a pesar de que tampoco se quisieron estructurar los mecanismos imprescindibles de autocontrol  democrático para limitar a los poderes, España cambió y funcionó. Más allá de apreciarnos por el sol, las paellas y los precios asequibles, la opinión pública internacional reconoció que aquí se supieron organizar las cosas para conseguir un progreso material sostenible y unas políticas sociales razonables.

 Pero los últimos 20 años han sido de progresivo ensombrecimiento. Un partidismo excesivo, la baja estofa de muchos políticos que llegaron como relevo y la corrupción en todas las esferas han destrozado nuestro modelo. Fuera lo saben. Los aplausos masivos a Cifuentes por parte de sus colegas llevaron a todas las teles mundiales la doctrina del PP de defensa a ultranza de “los nuestros” y de lo que curiosamente llaman -en un caso de flagrante irregularidad- “lo nuestro”. También conocen nuestro déficit de hacer política y el planteamiento económico que nos ahoga: los sueldos crecen cinco veces menos que la media de la zona euro, aumenta la desigualdad  y el supuesto crecimiento global no se traslada en absoluto al conjunto de la ciudadanía.

Justicia y exilio

Preocupamos a Europa. Por las cosas más visibles, como el desencuentro Catalunya-España sin visos de arreglo o la eternización de las procesos judiciales de los gobernantes corruptos y por cuestiones más de fondo. Ven tanto la desconfianza generalizada sobre la equidad del sistema judicial (con el abuso de la prisión preventiva o la imprecisión deliberada del concepto de terrorismo) como la tozudez de algunos catalanes desnaturalizando lo que se creía que era un exilio o unos presos políticos. 

 Saben que no es que la marca España esté en crisis sino el propio país. Saben que hasta cosas que tanto apreciaban esconden irregularidades, como pasa con el sol (grandes líos en el negocio de las renovables) o la atención a los turistas (con su inmenso desmadre laboral). Ya impresionamos al mundo cuando trascendió cómo Valencia supo convertir una visita papal en un inmenso festival de dinero negro y de financiación ilegal del partido gobernante.