Una adventicia democracia

Andrés Parra

En los tratados de Histología y Anatomía se describe a las membranas adventicias como tejidos de soporte que mantienen la localización de órganos tan importantes como el intestino, el corazón o el cerebro. Desde luego, las funciones de estas tres vísceras claves se haya comprometida cuando se desarrollan procesos patológicos en sus respectivas adventicias, el peritoneo, el pericardio y las meninges.

De manera similar a nuestra organización biológica las comunidades humanas estructuran social y políticamente sus funciones a través de órganos que en las sociedades democráticas se recubren de membranas adventicias que soportan y mantienen la localización de las tres vísceras claves de la calidad humanitaria: el instinto materializado en las tripas, el sentimiento que brota del corazón y la razón que emana del cerebro.

La política ha de tener muy en cuenta estas tres vísceras dimanantes que, a la postre, son por las que se mueven los humanos y, sobre todo, los humanos ciudadanos. Cuando las cosas no van bien y se inician procesos patológicos en estos órganos son las membranas adventicias fuente muy estimable de información. Últimamente, y hace ya bastante últimamente, las cosas no van demasiado bien en nuestros órganos políticos primordiales dimanantes de lo que consideramos salud democrática. No es un misterio la casuística pero se aparece como terriblemente compleja contribuyendo a enturbiar nuestro juicio y diagnóstico de las profilaxis a seguir para curar el enfermo cuerpo social y político español.

Los tres síntomas hemorrágicos

Los síntomas morbosos ya han traspasado la frontera de la sospecha y están en el más allá del borde escandaloso de la ingente cantidad para situarse en el más acá del borde sistémico y estructural, que sería la peor de las noticias y con el peor diagnóstico. Sería el caso de los síntomas evidentes del bocajarro: la corrupción política, la crisis económica mantenida con sus necesidades sociales derivadas y el nacionalismo. Los tres síntomas son hemorrágicos y cancerosos, implican multitud de órganos democráticos vitales y comprometen la vida de la paciente España. Una paciente hasta ahora demasiado paciente.

Tres síntomas patológicos de tres procesos que concurren y coadyuvan al peor de los procesos: el llamado Proceso nacionalista de independencia de Cataluña. Un proceso de crecimiento desmesurado de las membranas adventicias democráticas para su propio soporte, usurpando la función primera y legítima por la que existen que, como antes se dijo, es la de contención y localización de nuestros órganos democráticos.

La nación imposible de las naciones posibles

El nacionalismo deslocaliza esos órganos y los subordina a sus intereses particulares revistiendo con tegumentos de apariencia democrática lo que no son más que aberraciones cancerosas y metástasis autoritarias de un sistema que pretende sustituir la democracia por su “democracia”.

En un Proceso de estas características, de las del Proceso separatista catalán, los partidos políticos son los primeros agentes de transmisión democrática infectados, dejándolos el nacionalismo subordinados a una función de meros conductos linfáticos portadores de las peores señales del doble sentido nacionalista. El Partido Socialista, por bajar a la arena, sería un claro exponente del doble sentido impregnado por la rémora nacionalista del PSC, el ganglio linfático inflamado del PSOE. Ganglio que con la victoria de Pedro Sánchez amenaza con supurar la linfa nacionalista sobre ese artefacto inexplicable de la nación de naciones o de la nación imposible de las naciones posibles.

La excrecencia patológica del PSOE es la membrana adventicia del PSC que ha terminado por deslocalizarlo de su espacio natural de la izquierda. Podemos, el que fue partido invocado, esperado y para muchos, posiblemente, necesario, devino más pronto que antes en un complejo cristalizado de membranas adventicias que envuelven mareas de confusión por esa España imposible de las naciones posibles del PSOE.

La nación posible, la que ya casi nadie defiende con nitidez y sin complejos, es la nación de la que emergió Ciudadanos entre la derecha del PSC y la izquierda del PP de Cataluña para derivar hoy a los confines de una centralidad sin izquierda. Y, desde luego, sin hacer de la terrible inmersión lingüística emblema de su extraña bandera tricolor de la lengua que pareciera más pensada para contentar en un tanto monta a tirios como a troyanos. El Partido Popular, un partido claudicante del nacionalismo con las membranas adventicias nacionalistas rodeándole el cuello como las chorreras de las camisas de cuello de cisne revuelto que usaban nuestros prohombres otrora los tiempos.

El cerebro democrático

Son sólo ejemplos políticos de la bajada a la arena, allí donde transcurren las peores faenas, allí donde la muerte del animal y el hombre se dan la mano, allí donde no debería haber faenas, ni muerte dando la mano al animal y el hombre por entre las membranas adventicias desmesuradamente crecidas del nacionalismo del golpe en Cataluña. En los próximos meses debería haber cirujanos políticos diestros y siniestros muy capaces de resecar tanto tegumento sobrante. Los siniestros sobran, los diestros son y han sido insuficientes, por lo que serían muy deseables cirujanos los ambidiestros, que suelen darse en las coaliciones políticas de los tiempos de crisis y son visibles por ese arte tan particular de saber llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos, como decía Guy Mollet.

Desde luego no veo para el anuncio de estos meses de Proceso catastrófico una coalición de zapato cambiado en España para preservar nuestra salud democrática. También parece cierto que el ambidiestro posible del centro derecha, Sr. Albert Rivera tras el último giro es justamente eso, diestro con ambas manos. Y no es eso, no. No es un partido ambidiestro lo que necesita nuestro país, a mi juicio es un partido de izquierda centrada en España. Me refiero a CINC, el Centro Izquierda de España. Será necesario intervenir políticamente las membranas adventicias nacionalistas que cubren las tripas de los peores instintos, ralentiza las pulsiones más nobles del corazón social y obnubila la segregación de las ideas por el más razonable y definitivo órgano humano, el mismo que hoy tiene las meninges inflamadas y las perspectivas nubladas por la tela insidiosa del nacionalismo. Se trata del cerebro democrático. Un cerebro que haga de nuestra adventicia democracia una democracia normal y cotidiana.

Por Andrés Parra, escritor

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