El epitafio sonoro de Chuck Berry

A decir verdad, suena a epitafio entrañable: Chuck. Cosas de la vida, el nuevo disco de Chuck Berry se publicará este viernes 9 de junio apenas dos meses después de su fallecimiento. Un regreso discográfico de lo más inaudito. Después de casi tres décadas de espera para conocer canciones nuevas, el gran arquitecto del rock and roll no está para ver la salida de su trabajo. No se trata de un disco de descartes ni tomas alternativas ni versiones. Es una obra con material inédito, aunque suene de principio a fin al característico sonido electrizante e imparable que patentó Berry allá por mediados de los años cincuenta del siglo pasado, cuando era un joven que revolucionó la música popular e infectó a generaciones de músicos del asombroso lenguaje de sus riffs.

Es un sonido que en más de 60 años de carrera nunca abandonó hasta ser encontrado muerto el pasado 18 de marzo en su casa de Misuri. Tampoco se prodigó mucho en otros derroteros musicales más allá de los que le hicieron un icono en vida, sin importarle la repetición de patrones a lo largo de su carrera. No le hizo falta para mantenerse en la brecha de los directos. Y, a la vista de los resultados en Chuck, le seguía sin hacer falta. En el nuevo disco hay composiciones muy similares a sus clásicos como Big Boys y She Stills Loves You e incluso una versión en femenino de Johnny B. Goode, un himno imperecedero y su mayor éxito. Lady B. Goode mantiene la estructura original, aunque está cantada a través de los ojos de la chica. Que nadie espere que el viejo Berry en su canto del cisne reformulé el idioma del rock and roll al que él aportó algunas de las primeras consonancias mágicas. Escuchando Chuck, asalta el pensamiento de “he oído esto antes”, pero, con todo, tu cuerpo no deja de sentir el calambrazo para moverse.

“Es un disco de rock and roll”, cuenta por teléfono Charles Berry Jr., hijo del autor del disco. “Pero mi padre creció en la era de las big bands, cuando había un tipo en Estados Unidos que se llamaba Louis Jordan, quien te hacía saltar y balancearte. Hay un poquito de ese estilo, otro poquito de blues, otro poquito de calypso… y todo en canciones de rock and roll”, añade.

Producido por Chuck Berry, el álbum está grabado con The Blueberry Hill Band, la banda que le acompañaba en sus giras. Cuenta con las colaboraciones puntuales a las guitarras de Tom Morello y Nathaniel Rateliff en Big Boys y Gary Clark, Jr. en Wonderful Woman. También participa su hijo, quien toca la guitarra en ¾ Time, una composición que, según él, “es un plato fuerte de toda la habilidad de mi padre para llenar e inventar”. “¡Empecé a tocar la guitarra a los 39 años en la banda de mi padre! Estudié informática. No tenía planeado hacerlo pero mi cuñado se murió en el año 2000 y mi padre me lo propuso. Pensé que estaba bromeando”, cuenta.

Berry Jr. habla del padre “más guay” del mundo. Lo recuerda así desde que era niño y vivían en San Luis. Cuando se iba de gira, tardaba semanas en venir, pero luego lo arreglaba al modo de “papá”, comenta imitando la voz de su progenitor. “Era un tarado en el buen término. Venía de gira y le encantaba invitar a hamburguesas a todos los niños del barrio. Solíamos ir al restaurante Whitle Castle, pero otras veces traía en su cochazo bolsas y bolsas llenas de hamburguesas. Imagina: ¡25 niños comiendo como cerdos hamburguesas! Todos los niños flipaban con él”.

Papá Berry tenía su propio modo de hacer las cosas. En palabras de su hijo, también era “un muy buen empresario”, que diversificó su dinero en otros negocios como una cadena de restaurantes y que no perdonaba ni un dólar en el negocio de la música, aunque protagonizase espantás como las que hizo en España en 2008 tras suspender sus actuaciones por una discusión familiar. Entonces, varios Mercedes se quedaron sin ser conducidos por el compositor que creó las más evocadoras imágenes de escapismo con los coches. Berry, amante de los automóviles, exigía por contrato que le esperasen en cada ciudad un Mercedes, en Europa, y un Cadillac o Lincoln, en Estados Unidos. “Siempre conducía él. Y empezó a pedir otro para mí. No le gustaban los aviones pequeños y nos hacíamos largos viajes conduciendo. Su frase más repetida era: ‘Cualquier cosa que hagas, no dejes las llaves del coche nunca a nadie”.

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