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Editorial: Avances en el frente ucraniano

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, viajó a Ucrania para reunirse con el mandatario Volodímir Zelenski. En la foto, se preparaban para dar un conferencia de prensa en Kiev el 15 de setiembre.

Lo que hasta hace un par de semanas parecía una guerra de posiciones estancada entre los invasores rusos y los defensores ucranianos dio un vuelco fundamental a favor de estos últimos. Mediante una fulminante ofensiva en el nordeste de su país, las tropas de Ucrania lograron liberar cerca de 6.000 kilómetros cuadrados ocupados por Rusia durante varios meses. La posibilidad de nuevos avances es tangible, tanto en el este como en el sur, pero el éxito es la peor derrota de Moscú desde que, pocas semanas después de la invasión, debió renunciar a su intento de tomar Kiev, la capital.

Las lecciones y consecuencias de esta transformación en la dinámica del conflicto son sustanciales. La relativa facilidad con que Ucrania pudo recuperar territorio demuestra la incapacidad y anquilosamiento de los mandos rusos, la rigidez de sus estrategias, la desmoralización de sus tropas, la ineficacia y obsolescencia de su armamento, los graves problemas de suministros que padecen y el poco arraigo logrado en los territorios ocupados.

Los ucranianos, en cambio, se caracterizan por estructuras de mando ágiles e imaginativas y gran rapidez de movimiento; cuentan con sofisticados equipos, asesoría y entrenamiento occidentales; reciben amplio respaldo de la población; y, sobre todo, sus tropas tienen un grado óptimo de motivación. La razón es simple: su tarea es proteger la integridad territorial, política, nacional y cultural de su país de un despiadado invasor sin justificaciones.

Ucrania ha podido liberar las importantes ciudades de Kupiansk, Járkov e Izium. Estas dos últimas, además, son nodos en la red de transporte ferroviario de la zona, por lo que a partir de ahora los invasores tendrán aún más dificultades para avituallar y proteger a sus tropas.

Un efecto político inmediato de la ofensiva es la necesidad de suspender un teatral “referendo” previsto para el 11 de setiembre, mediante el cual Rusia pretendía, como consecuencia de un resultado favorable manipulado, maquillar de legitimidad su ocupación y declarar la autonomía de las regiones orientales de Luhansk y Donetsk, quizá como paso previo para su anexión.

Además, el aparato propagandístico del autócrata Vladímir Putin debió reconocer los reveses, aunque trate de presentarlos como un “reagrupamiento” o “reorganización” de sus tropas. A la vez, comenzaron a surgir críticas abiertas, aunque todavía limitadas, sobre el manejo de la invasión. Sectores ultranacionalistas, en general tolerados, se quejan por la falta de buenas estrategias y éxitos militares; los pacifistas, sumamente reprimidos, alzaron su voz por la agresión. Incluso, un grupo de concejales de Moscú y San Petersburgo divulgaron una carta abierta en la que piden la renuncia de Putin y lo culpan de traición. La reacción del régimen, por supuesto, fue acusarlos penalmente.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, potenció los éxitos para golpear aún más la motivación de las tropas rusas, elevar la moral de las suyas y de la población en general, y solicitar renovada cooperación militar a Estados Unidos y otros aliados. El apoyo de estos ha sido decisivo y, lejos de flaquear —como algunos suponían—, se mantiene firme y hasta creciente. A esto se añade que, pese al fin de los suministros de gas ruso a los países de la Unión Europea (salvo Hungría), sus gobiernos no han cedido al chantaje y, por lo menos hasta ahora, han resistido el enorme impacto económico de la escasez.

Si sumamos los factores anteriores, la conclusión es clara; también, estimulante: Ucrania ha tomado la iniciativa, y si bien el curso de la guerra es imposible de prever, sí se ve cada vez más difícil que Rusia sea capaz de consolidar los avances que ha tenido; más bien, no se pueden descartar más pérdidas. Además, su situación es muy vulnerable y, por ende, volátil. De ahí a una derrota el trecho es sumamente largo y costaría un exceso de vidas. Sin embargo, quizá sí pueda estar más próxima una paz que no dependa de pérdidas territoriales de Ucrania y que garantice su integridad como lo que quiere y merece ser: un país libre, integrado a Europa y dueño de su nacionalidad, cultura y destino.

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