Pedro Sánchez y Pablo Iglesias opositan a un descalabro en las urnas

TENGO en alta consideración a Sánchez Castejón, el leal líder de la oposición, no en vano ha sido concejal, tertuliano menor, baloncestista en los juveniles de Estudiantes y está casado con Bego, que no quiere morirse sin pernoctar en La Moncloa, aunque su marido no rasque votos suficientes.

Además Sánchez gasta buen porte, es relativamente joven y ha ganado unas primarias de participación pírrica. ¿Cabe pedir más a un político? Merkel o Macron suspirarían por un currículo como el del Pericles de Ferraz.

Mi estima por Sánchez es tan elevada que me han desconcertado sus últimos movimientos, pues al carecer de su mente no acierto a descifrarlos. El domingo, día del golpe separatista, el mayor trallazo contra nuestra democracia desde Tejero, la valoración de Sánchez consistió en criticar a la Policía Nacional y a la Guardia Civil, acusando de violentos a unos funcionarios que con su temple acababan de salvar nuestro Estado de derecho.

El lunes se destapó que algunos policías están sufriendo un implacable hostigamiento por parte de los separatistas. Al percatarse de que el domingo había metido la zueca, Sánchez subió ayer una declaración a Twitter tachando de «intolerable» el «acoso a quienes velan por nuestra seguridad» y expresándoles toda su solidaridad.

Pero mientras con una mano escribía esto, con la otra ordenaba al PSOE recusar a la vicepresidenta del Gobierno por la actuación de la policía en Cataluña. Resumen de tan impresionante empanada: el domingo pone verde la actuación de los policías, pero el martes dice que los apoya, aunque al mismo tiempo recusa a Santamaría, porque cree que esa policía, a la que dice que respalda, actuó mal.

Esto no es un político. Esto es el cubo de Rubik. En un trance tremendo para España, Sánchez ha convertido al PSOE en un partido nada fiable, que a la hora de la verdad dedica más esfuerzo a su inquina con Rajoy que a atacar a los separatistas insurrectos.

Pasemos de Pedro a Pablo. Si la de Sánchez es una felonía camuflada, disfrazada con el antifaz de la equidistancia, lo de Iglesias es traición a cara descubierta. El comunista madrileño, de estupenda familia de clase cómoda, se ha posicionado abiertamente con los separatistas.

Su ínfima calidad moral ha quedado además retratada con una escena que lo sumiría en la vergüenza de ser de una pasta más honorable. La semana pasada organizó un acto de Podemos en Zaragoza para defender a los sediciosos, que lógicamente pinchó (las gradas estaban vacías).

La iniciativa era tan ofensiva que un grupito de ciudadanos de Zaragoza se manifestaron a las puertas del recinto con banderas españolas. Iglesias, el gran apologista del escrache, medroso al ver aquellas personas en la puerta, sacó el móvil y llamó al mismísimo Rajoy para exigirle protección policial extra.

La crisis en curso tendrá un epílogo inesperado en las próximas elecciones generales, que no tardarán. Sánchez batirá por tercera vez su récord negativo de votos e Iglesias recibirá un buen rejón.

Porque aunque a veces no lo parezca, España no paga a traidores. Y menos en la gravedad de esta hora, que ayer puso de manifiesto algo tan excepcional como el discurso del Rey a la nación.

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